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El escenario

DIC 21, 2018     by LUCÍA MACHADO    in COMUNICAR EL CAMPO

Fotografía: Lucía Machado

Desde un primer momento se mostró feliz de vernos, de encontrarse con nosotros. Siempre creí que la gente del campo era distante, seca, arisca. Al momento que conocí a José Luis de Armas, “Toto”, como nos pidió que lo llamáramos, no me quedó otra que desechar todos esos prejuicios. Toto tiene 44 años, la piel tostada por el sol, los ojos cansados, las manos agrietadas y una sonrisa que le ocupa toda la cara. Sin perderla en ningún momento, nos llevó hasta Tapia, un pueblito de 200 habitantes inmerso entre tambos y siembras, que tiene todo lo necesario: una escuela, dos almacenes, una tiendita y una plaza.  

A medida que avanzábamos, nos íbamos cruzando con distintas personas del pueblo. Todas eran de alguna forma amigos o tíos o hermanos de Toto; lo supimos porque frenaba la camioneta al encuentro de cada uno y se tomaba el tiempo para presentarnos, contándonos qué hacía esa persona. “Hay demasiadas responsabilidades en el campo”, apunta. A la preocupación de cada minuto por si viene la lluvia, si pueden seguir sembrando o trayendo las vacas a pie, se suma el estar atento a si algún vecino se queda sin motor para el tambo. Sin embargo, esta disposición al encuentro fue una constante en nuestra estadía. 


También sus ojos llenos de amor y ternura estuvieron presentes los tres días que nos quedamos con él y su familia a principios de noviembre. Junto a su mujer, se encargan del tambo, de ordeñar 70 vacas dos veces por día en un trabajo que realizan a la par. Metido en la zanja del tambo, nos contaba que él va a buscar a las vacas caminando tres kilómetros y las arrea, que le lleva al menos tres horas todo este trabajo y, aunque lo realiza desde los seis años, todavía lo agota. Cada una de las vacas tiene su nombre y, en la pared, escrito con tiza bajo una virgencita, está el de aquellas que no dan leche.  

A pesar de que el tambo es su vida, su corazón está en la siembra. Repite una y otra vez que él elige la tierra. Prefiere ver cómo crece la soja, y con emoción nos cuenta ese proceso que hay entre el primer brote y el momento en que la planta llega a una altura que parece que se hamaca y baila con el viento. Que no existe un lugar que le transmita tanta paz y lo haga sentir en casa. En ese momento, todo vale la pena. 

El sábado en la mañana nos llevó hasta un campo situado a algunos kilómetros de su casa-tambo. Esas tierras pertenecieron a seis generaciones de los De Armas y es impensable para Toto desprenderse de ellas. Antes plantaban remolachas, pero luego de que la industria remolachera de la zona cerrara decidió dejarla de lado y ahora se dedican a plantar soja. Mientras vemos las dos sembradoras, a lo lejos, manejadas por sus dos hijos, nos cuenta que ellos estudiaron pero que, les apasionaba el campo como a él. Esteban tiene 20 años y Miguel, 18. Para Toto, lo primero es que sean felices. Se preocupó cuando le dijeron que no querían estudiar más aunque él siempre les había hablado claro: si no estudiaban, tenían que dar una mano en el campo.   


Ellos se encargan de la siembra, de arreglar las máquinas y de hacer la zafra en los campos que están más lejos. Con lágrimas en los ojos, Toto recalca que hace los kilómetros que sean necesarios para que, luego de un día entero de trabajo, sus hijos cenen en familia. Porque la vida es dulce y salada, pero lo que hace la diferencia, siempre, es la familia.  

La emoción que despierta en Toto su familia es la misma que vive en el campo y por eso brota un enojado, casi impotente, no-puede-ser cuando plantea la falta de valoración de su actividad. Él puede estar horas charlando sobre la importancia de ese lugar, de esos lugares. No solo para él, para el país. Sabe cifras, tiene ejemplos y se preocupa por transmitir con datos lo que fácilmente entendemos viéndolo a él.  

En ese lugar preciso, a 64 kilómetros de Montevideo, en el medio de la tierra que volaba y con el ruido de las máquinas de fondo, pude darme cuenta de lo cercana a mí que es la vida de Toto. Un hombre que trabaja todos los días para sacar adelante a su familia, que se preocupa porque sus hijos sean felices, que valora las cenas que pueden compartir todos juntos, que tiene una pasión a la que dedica parte de su vida y que se emociona con cosas sencillas. Solo cambia el escenario.  

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