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De la ciudad al campo, de los prejuicios al encuentro

Fotografía: Pablo Méndez

Cuando llegamos a San Jacinto, nos recibió un hombre de unos 45 años, altura promedio y barba de unos días, que pronunció tres palabras con una voz casi afónica a modo de bienvenida. “Buenas tardes. Suban”. Después, silencio. Un establecimiento a 12 kilómetros del municipio de San Jacinto y 64 de Montevideo era nuestro destino. Aquel hombre nos llevaría primero a Tapia y posteriormente a su establecimiento.

Aquella bienvenida, además de insulsa, había sonado un tanto obligada y esto nos incomodaba, pero cargamos con velocidad bolsos y bolsas de mano para subirnos a la cajuela de la camioneta. En el viaje, sentí que aquel hombre hubiera deseado perdernos en el camino y, de paso, quitarse de encima el compromiso inútil de contarnos su vida en el campo. Después del miedo, llegó la calma… y el pueblo de Tapia. Reacio y respetuoso, José Luis saludaba a su paso y, después de entrar en un comercio y hacer las compras para la merienda por su cuenta, nos espetó: “Esto es Tapia, ahora vamos para casa”. Otra vez su impasibilidad y falta de tacto, otra vez el silencio desgarrador. Ya en el establecimiento, su mujer, muy hospitalaria, nos invitó a pasar y pronto José le estaba pidiendo, en un tono poco cariñoso, que termináramos rápido de merendar para comenzar con el ordeñe y acostarnos temprano. De un momento a otro, nos encontrábamos en el tambo, donde nuestros anfitriones pusieron manos a la obra y ninguno de nuestros intentos de crear un vínculo a partir del cual conocer mejor su realidad tuvo éxito. Interiormente pedíamos a gritos que el día hubiera sido excepcionalmente duro y su actitud fuera cuestión de cansancio, pero esa sensación de no ser bien recibidos se acentuó aún más en los días siguientes, en los que todo nos decía que no nos querían ahí, que preferían seguir con lo suyo sin perder tiempo en modernos y poco rentables proyectos de comunicación. De la ilusión inicial al rechazo y al fracaso de nuestro propósito en cuestión de un fin de semana.

¿Y si te digo que nada de esto fue real? Quizá los prejuicios te hayan llevado a creer esta historia, a verla como verosímil. Quizá sin darte cuenta no te diste la oportunidad de al menos dudar de la veracidad de mis palabras, de los diálogos y de las descripciones de este encuentro que sí sucedió. Seguramente, te dejaste llevar por los prejuicios. Porque, en lugar de informarnos sobre una de las actividades más importantes para la economía de nuestro país y sobre sus protagonistas, preferimos crear estereotipos y suposiciones sin ningún  sustento más que el boca a boca –muchas veces pautado por el objetivo de profundizar la brecha entre el campo y la ciudad-. ¿Cuántas veces durante la lectura te cuestionaste sobre las características de José Luis? O, por el contrario, ¿supusiste que su actitud era normal y lo aceptaste rápidamente?

Fotografía: Pablo Méndez

Todas estas interrogantes confluyen en un punto: somos reclusos de nuestros prejuicios y, por lo tanto, pensamos, creemos y opinamos sobre la base de estos. Por más irreal que suene, estos determinan nuestro pensamiento en situaciones de las que no somos totalmente conscientes, y sobre todo cuando no tenemos la información necesaria.

El proyecto comunicar el campo quiere mostrar que los prejuicios no son siempre reflejo de la realidad.

Y así permitir que José Luis de Armas pase a ser “Toto”, un hombre que tiene una relación entrañable con su pueblo, su tierra y su familia, que encuentra en el trabajo un valor muy importante para el día a día. Toto está casado con Graciela, una ama de casa amada y respetada, que además de sus labores hogareñas aporta su granito de arena en el tambo. Juntos inculcan a sus cuatro hijos –en especial a los dos mayores- la importancia del trabajo y el esfuerzo de cada día, poniendo sobre la mesa la importancia del aporte voluntario de los jóvenes al negocio familiar, que es parte de la realidad rural no representada en los prejuicios.

Y dar cuenta de la hospitalidad con la que fuimos recibidos, cinco completos extraños que llegaban de la ciudad a compartir el día a día con su familia. Aun en medio de su intensa rutina de trabajo, los De Armas demostraron una disponibilidad de tiempo completo, nos mostraron y explicaron con dedicación y responsabilidad todo lo que nos pudiera ayudar a entender la vida en el campo. Fuimos parte de su familia por un fin de semana y he aquí el valor agregado de la experiencia: nos sentimos uno más, en casa.

Y así, mediante un simple acercamiento, múltiples realidades ocultas salen a la luz y contribuyen a subsanar la brecha. Y así múltiples prejuicios se quedan en el pasado y dan lugar a una percepción auténtica de la actualidad rural.

La convicción de que estamos acá para eliminar barreras nos anima a hacerle frente a los prejuicios y, mediante un proceso de comunicación, llegar a presentar otras caras de un campo heterogéneo, único y actual. Que “la ciudad” descubra, comparta e internalice las realidades del campo es fundamental y puede hacer que esa distancia histórica desaparezca para el bien de todo un país.

Fotografía: Pablo Méndez

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